En la cosmología de los pueblos mesoamericanos, el mundo no terminaba en la superficie de la tierra. Debajo de este plano, atravesado por ríos oscuros y habitado por las fuerzas que sostenían la vida, existía un inframundo tan real y tan estructurado como el de los vivos. Teotihuacán no fue la excepción: sus constructores no solo levantaron pirámides que apuntaban al cielo, sino que excavaron pasajes que descendían hacia ese otro mundo. Se tienen hallazgos de túneles debajo de diversas estructuras, incluidas la Pirámide de la Luna y la del Sol, lo cual confirma que había un diálogo entre los túneles subterráneos y los grandes monumentos.
Lo que está bajo Teotihuacán parece representar, en pocas palabras, la otra mitad del cosmos.
El túnel como imagen del mundo
El pasaje subterráneo más extenso y mejor documentado es el que corre bajo el Templo de la Serpiente Emplumada, en el corazón de la Ciudadela. Descubierto en 2003 tras el hundimiento provocado por una lluvia intensa, el túnel tiene unos 103 metros de longitud y desciende hasta 18 metros de profundidad bajo la superficie. Pero más allá de sus dimensiones físicas, lo que lo hace extraordinario es la manera en que fue diseñado para reproducir el paisaje del mundo subterráneo. Los teotihuacanos tallaron el piso para aparentar un paisaje montañoso, irrigado por diminutos ríos y lagos simbólicos asociados al agua, donde se hallaron minúsculas cantidades de mercurio. El inframundo teotihuacano no era una metáfora: era un lugar arquitectónicamente construido, con sus propios ríos, montañas y espejos. Un espacio, en esencia, trascendental.
Un espacio de rituales y poder
La cronología del túnel, precisada gracias a dataciones por radiocarbono presentadas en el libro del INAH Proyecto Tlalocan: Camino bajo la tierra, revela una historia de uso cuidadosamente planificado. El túnel fue excavado en el primer siglo de nuestra era, fue sellado en el año 250, y un siglo después fue reabierto para retirar determinados materiales u objetos. Ese ciclo de apertura, uso ritual, sellado y reapertura no es azaroso, sino un posible reflejo de los grandes cambios políticos que sacudieron a Teotihuacán en esos siglos. El sellado definitivo en torno al año 250 coincide con un episodio de destrucción intencional de las esculturas del Templo de la Serpiente Emplumada, un episodio que los arqueólogos interpretan como un conflicto interno relacionado con la reorganización del poder.
Las ofrendas depositadas a lo largo del pasaje refuerzan la interpretación de que el túnel fue el escenario de ceremonias de investidura política, donde posiblemente el poder terrenal se legitimaba mediante el contacto con las fuerzas del inframundo. A lo largo del túnel se recuperaron cerca de 50,000 piezas, entre ellas espejos labrados de pizarra y pirita, ornamentos de concha, puntas miniatura de obsidiana, objetos de ámbar y alrededor de 4,000 artefactos de madera.
El patrón se repite: una ciudad construida sobre cavernas
El túnel de la Ciudadela no es el único, también se han hallado túneles debajo de la Pirámide de la Luna y de la del Sol, lo que confirma que los teotihuacanos reprodujeron el mismo patrón en los grandes monumentos. Bajo la Pirámide del Sol existe una cueva natural de más de 100 metros de longitud, con forma de trébol —idéntica a las cámaras finales del túnel de la Ciudadela—, que fue modificada y ampliada por los propios teotihuacanos antes de construir la pirámide sobre ella. Era una cueva que ya existía, y ellos decidieron colocar encima su monumento más colosal.
Ese patrón repetido no es una coincidencia arquitectónica. Diversos investigadores han propuesto que el túnel funcionaba como una representación arquitectónica del inframundo. Cada pirámide de Teotihuacán tenía, bajo sus cimientos, su equivalente en el mundo de abajo: un espacio sagrado donde el orden cósmico se complementa en la oscuridad, lejos de los ojos comunes. Es posible que su acceso estuviera restringido a determinados grupos y a contextos rituales específicos.
Como arriba, así abajo
En Teotihuacán, subir a una pirámide y descender a un túnel podrían haber sido gestos simétricos. Y a pesar de que hoy no hay acceso a los túneles, el solo hecho de saber que están ahí –que la ciudad tiene una cara visible y otra invisible construida con el mismo rigor y el mismo asombro– cambia la experiencia. Teotihuacán no es solo lo que se ve: es, también, lo que se intuye bajo los pies. Aquí los túneles sostienen, desde abajo, el orden del mundo que se construyó sobre ellos.