Durante décadas, el juego de pelota estuvo ausente del relato arqueológico de Teotihuacán. Mientras que en muchos otros sitios mesoamericanos las canchas son elementos arquitectónicos inconfundibles —dos largas plataformas paralelas flanqueando un pasillo estrecho—, en la "ciudad de los dioses" la presencia de espacios para este juego era una posibilidad poco clara, casi invisible. A pesar de numerosas menciones en la literatura especializada, ni los detallados levantamientos topográficos de los años sesenta y setenta, ni las excavaciones realizadas a lo largo del siglo XX, habían permitido localizar una cancha con claridad. Era como si la ciudad más grande del mundo mesoamericano hubiera ignorado una de las prácticas más extendidas de toda la región.
La Estela de La Ventilla y el modelo del barrio
El misterio comenzó a esclarecerse en la década de 1990 con el descubrimiento de la llamada Estela de La Ventilla. Esta pieza no apareció en una excavación controlada: fue localizada y extraída de su contexto original por los propietarios del rancho homónimo, quienes la entregaron al INAH. Se determinó que la pieza es un marcador de juego de pelota, señal inequívoca de que se practicaba en esa zona de la ciudad. Pero la pregunta que vino después no era trivial: si no había una cancha construida, ¿dónde jugaban?
Las excavaciones en La Ventilla, realizadas en la misma década, comenzaron a dar respuestas. Los arqueólogos exploraron un enorme espacio abierto en el corazón del barrio identificado como una plaza pública multifuncional: un lugar donde, se cree, se instalaba el mercado en ciertos momentos, se celebraban festividades comunitarias en otros, y se practicaba el juego de pelota con marcadores móviles que se colocaban y retiraban según la ocasión. Las evidencias halladas sugieren que el juego, en esta modalidad teotihuacana, no requería una cancha permanente: podría haberse tratado de un acontecimiento itinerante, inseparable de la vida festiva y comercial del barrio. De ser así, la ciudad no habría tenido un gran campo, sino docenas de plazas barriales que se convertían en canchas cuando la ocasión lo demandaba.
El mural de Tepantitla: el juego pintado
La pintura mural confirmó lo que la arqueología esbozaba. En los murales del conjunto habitacional de Tepantitla, cercano a la Pirámide del Sol, las imágenes plasmadas hacen alusión a distintas maneras de jugar a la pelota en espacios abiertos donde se utilizaban marcadores móviles y, posiblemente, en una cancha limitada por estructuras paralelas. Una sección del mural muestra a varios personajes enfrentados en una partida usando bastones para golpear la pelota, mientras que otra escena representa a dos figuras en lo que algunos investigadores identifican como una variante del ulama de cadera, practicada dentro de un espacio rectangular delimitado por líneas paralelas.
En los murales de Tepantitla también está representada una escena que podría ilustrar la llegada de personajes teotihuacanos a Tikal en el año 378 d.C., un acontecimiento que marcó la política dinástica de esa ciudad maya y que quedó registrado en monumentos del Petén guatemalteco. El juego, en otras palabras, no era solo deporte o rito, era también diplomacia, memoria histórica y afirmación de poder.
La cancha de la Ciudadela: el hallazgo que cambió el debate
El capítulo más reciente de esta historia lo protagonizan las excavaciones en el corazón mismo de la ciudad. Por debajo del nivel que recorren hoy miles de visitantes en la gran explanada de la Ciudadela, se encuentran los restos de una estructura que los arqueólogos proponen como una cancha para jugar a la pelota. La llamada Estructura 5 conserva casi todo el lado este, donde se identificó una plataforma cuadrangular de 45 metros por lado. La ubicación no es casual: si esta identificación es correcta, la cancha más formal de Teotihuacán no estaba en los barrios periféricos sino en el recinto más poderoso de la ciudad, junto al Templo de la Serpiente Emplumada y los recintos residenciales de la élite gobernante.
A este hallazgo arquitectónico se sumó otro igualmente significativo, encontrado en el túnel que corre bajo el Templo de la Serpiente Emplumada. Entre los miles de objetos depositados en la ofrenda 46 —parte de un conjunto ritual de excepcional riqueza—, los arqueólogos encontraron 13 pelotas de hule. No estaban en un campo de juego sino en el interior de una ofrenda, junto a figurillas, objetos de madera, semillas y restos humanos. Las pelotas, en ese contexto, eran elementos de vinculación con lo divino.
Mucho más que un deporte
Similar a lo que ocurre hoy con el fútbol —deporte comunitario, espectáculo masivo, símbolo de identidad y objeto de intensas pasiones—, en Teotihuacán el juego de pelota operaba en varios registros simultáneos: práctica de barrio en las plazas, ritual en las ofrendas, instrumento político en los murales que registraban encuentros con otras ciudades. Era ya, hace 15 siglos, un fenómeno cultural complejo, capaz de expresar al mismo tiempo la alegría de la vida cotidiana y el peso de lo sagrado.
Mucho antes de que existieran estadios, transmisiones globales o camisetas nacionales, aquí se jugaba a algo que era, a la vez, un deporte, un ritual, una práctica diplomática y una forma de la memoria. Ese es quizás el dato más sorprendente de todo: que la pelota de hule rodando por una plaza del siglo IV d.C. cargaba ya con todo el peso simbólico que hoy le damos, sin saberlo, a un balón.
- "Nuevos datos sobre el juego de pelota en Teotihuacan". Arqueología Mexicana, INAH.
- “Una posible cancha de juego de pelota en el área de la Ciudadela, Teotihuacan", Anales de Antropología / UNAM/INAH.
- “El juego de pelota en Teotihuacan", Arqueología Mexicana, INAH.
- “El juego del balón con bastones en Teotihuacan". Arqueología Mexicana, INAH.