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Los barrios extranjeros de una ciudad plural

Hay una pregunta que pocos visitantes se hacen al recorrer la Calzada de los Muertos: ¿quién vivía aquí? La respuesta es más sorprendente de lo que parece. En su momento de mayor esplendor, entre los siglos IV y VI d.C., Teotihuacán no era solo la ciudad más grande del continente americano —con alrededor de 100,000 habitantes—, sino también una de las más diversas. En sus barrios convivían grupos de origen zapoteca, del Golfo de México, del área maya y, probablemente, de lo que hoy es Michoacán, cada uno con sus propias costumbres, lenguas, dioses y ritos funerarios. Una ciudad pluriétnica, en el sentido más literal del término, siglos antes de que esa expresión existiera.

Desde la fase Tlamimilolpa, entre los años 200 y 350 d.C., Teotihuacán comenzó a trazar las bases urbanísticas que la definirían durante siglos. Fue en ese período cuando se delinearon los barrios de artesanos y de extranjeros, que no estaban dispersos al azar sino situados en posiciones específicas y calculadas en relación con las rutas comerciales que los conectaban con sus regiones de origen. El Estado teotihuacano habría nacido precisamente de la necesidad de gobernar sobre grupos de distinto origen y coordinar un territorio en expansión, y entendió que facilitar la presencia de representantes de las regiones con las que sostenía relaciones comerciales era una forma eficaz de afianzar esos vínculos. Los barrios de extranjeros constituían enclaves diplomáticos donde las relaciones entre Teotihuacán y sus socios se cultivaban y reproducían generación tras generación.

Tlailotlacan: el barrio zapoteca

El más estudiado de los enclaves extranjeros es el barrio zapoteca, conocido como Tlailotlacan. Estuvo ubicado en lo que hoy es el poblado de San Juan Teotihuacán, en la periferia oeste de la zona arqueológica, a unos tres kilómetros de la Calzada de los Muertos. Los primeros indicios de presencia zapoteca en esa zona se detectaron en la década de 1960; en 2008, las excavaciones revelaron dos tumbas con características inconfundibles de la tradición funeraria de Monte Albán, junto con los restos de lo que habría sido el templo del barrio.

Los zapotecas que llegaron a Teotihuacán a partir del año 200 d.C. eran emisarios de otra gran potencia del momento. Monte Albán, capital del mundo zapoteca en el valle de Oaxaca, era entonces una ciudad-estado de primer orden, y sus representantes en Teotihuacán formaron una comunidad con recursos, organización y conciencia de su propia identidad. Lo demuestran sus elecciones arquitectónicas: construyeron sus edificaciones respetando la orientación característica de Teotihuacán —15°30' al este del norte astronómico—, pero incorporando elementos formales propios de su tradición. Adaptaron su espacio a la ciudad que los acogía sin renunciar a lo que los distinguía.

Para preservar su linaje y blindar esa identidad a lo largo de las generaciones, los zapotecas de Tlailotlacan practicaron la endogamia: se casaban entre sí. Era una estrategia de supervivencia cultural que les permitió mantener cohesión interna en medio de una ciudad cosmopolita que ejercía una presión constante hacia la integración. 

El Barrio de los Comerciantes: la puerta del Golfo y del mundo maya

Al otro extremo de la ciudad, sobre las riberas del río San Juan —una posición estratégica para el intercambio de mercancías—, se asentó el Barrio de los Comerciantes, un enclave de composición más heterogénea y dinámica. Sus primeros habitantes llegaron de la Costa del Golfo; con el tiempo se incorporaron grupos provenientes de las Tierras Bajas del área maya y del actual estado de Puebla. Esa estratificación temporal —primero veracruzanos, luego mayas y poblanos— refleja la manera en que las redes comerciales de Teotihuacán fueron evolucionando y ampliándose a lo largo de los siglos, absorbiendo nuevos socios, nuevas mercancías y nuevas influencias culturales.

A diferencia del barrio zapoteca, el Barrio de los Comerciantes era un organismo mucho más permeable. Aquí los grupos no se cerraban sobre sí mismos sino que convivían, negociaban y establecían alianzas matrimoniales entre sí. Era un barrio donde culturas distintas se rozaban y se transformaban mutuamente, generando formas híbridas de vivir, de construir y probablemente de interpretar la realidad.

Un modelo de convivencia que sigue sorprendiendo

Lo que hace verdaderamente excepcional el modelo teotihuacano no es solo la existencia de barrios de extranjeros —otros sitios mesoamericanos los tuvieron también— sino la escala y la deliberación con que fueron concebidos y gestionados. Cada enclave era una pieza funcional de un sistema político y económico que necesitaba mantener canales abiertos con las élites de Monte Albán, con los gobernantes de Tikal o con los señores de las costas del Golfo. 

Caminando hoy por la zona arqueológica, resulta difícil imaginar el ruido y el color de esa ciudad. Pero debajo de los conjuntos habitacionales que el visitante recorre, en los entierros que los arqueólogos han ido encontrando capa por capa, está la evidencia de esa convivencia: vasijas de estilo oaxaqueño junto a figurillas del Golfo, urnas funerarias zapotecas a pocos kilómetros de piezas de cerámica maya. Los barrios de extranjeros de Teotihuacán son el testimonio de una ciudad que entendió, hace 15 siglos, que apostar por la diversidad cultural enriquecía su propia identidad y su proyección en toda la región.