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Las paredes que hablan en Teotihuacán

Hoy asociamos Teotihuacán con el color de la piedra: grises, ocres, muros desnudos bajo el intenso sol. Parece natural imaginarla así, monumental y austera. Pero en su momento la ciudad lucía una base de cal blanca sobre la que se extendía un rojo vibrante. Y no solo eso, sobre ese fondo se desplegaban miles de metros cuadrados de figuras, símbolos, deidades y escenas de la vida cotidiana que conformaron uno de los programas pictóricos más ambiciosos de Mesoamérica. Hoy nos quedan solo fragmentos que, gracias al trabajo de varias generaciones de investigadores, siguen hablando sobre los grandes enigmas teotihuacanos. 

Un arte que no decoraba, explicaba el mundo

La pintura mural teotihuacana no era ornamental. Integrada a la arquitectura y a la escultura, formaba parte de una cosmovisión: una manera de representar, en piedra y pigmento, cómo los teotihuacanos entendían la naturaleza, el cosmos y su lugar en él. Los temas se repiten con coherencia a lo largo de todos los conjuntos habitacionales conocidos —como Tepantitla, Tetitla, Atetelco, Zacuala, Yayahuala— y remiten siempre a los mismos ejes temáticos: el agua, la lluvia y las deidades asociadas a ambas, los ciclos agrícolas, los animales míticos, la vida ritual y cotidiana.

Era, además, un arte colectivo. Un pintor trazaba las líneas guía; otro dibujaba las figuras; un equipo aplicaba los colores. La intención no era rendir homenaje a la personalidad del artista, sino construir un discurso visual asociado al culto de las deidades y a la legitimación de las élites gobernantes. La técnica empleada implicó el uso de pintura mural polícroma sobre estuco: pigmentos minerales sobre un aplanado de cal húmedo muy fino. El verde provenía de la malaquita; el rojo, de la hematita y el cinabrio; el azul, de la azurita; el amarillo, de la lepidocrosita. De cada uno existían hasta tres matices distintos, resultado de procesos cuidadosos de molienda. Lejos de ser una pintura plana, los tlacuilos teotihuacanos empleaban la contraposición de colores cálidos y fríos para crear profundidad y distintos planos dentro de la composición, sin necesidad de la perspectiva central que llegaría al mundo occidental siglos después.

Un bestiario sagrado y una ciudad abierta al mundo

Los animales que pueblan los murales teotihuacanos no son decorativos: son portadores de significado. El repertorio iconográfico central lo integran el jaguar, el coyote, la serpiente emplumada y diversas aves —entre ellas el búho, el quetzal y la guacamaya roja—, cada uno asociado a campos semánticos específicos dentro de la cosmovisión teotihuacana. 

El jaguar aparece vinculado al poder político y militar; investigaciones como las del arqueólogo Rubén Cabrera sugieren que el "mural de los animales mitológicos"+, hallado cerca de la Calzada de los Muertos, podría representar un conflicto entre linajes gobernantes, simbolizados por la serpiente y el jaguar respectivamente. Por su parte, Linda Manzanilla ha propuesto la existencia de cuatro grupos simbólicos —cánidos, aves, serpientes y jaguares— que habrían coexistido y participado en el gobierno de la ciudad.

La serpiente emplumada merece atención especial. En Zacuala aparece serpenteando entre chalchihuites —círculos verdes que representan jade y líquidos preciosos como el agua, la sangre o el semen— y descansando sobre un petate, símbolo que remite simultáneamente al trono, al nacimiento y a la muerte. La presencia de conchas marinas refuerza su carácter como ser precioso vinculado al ciclo vital.

La representación de las deidades precursoras de Tláloc, dios del agua y las tormentas, es también la más diversa en términos iconográficos. Su retrato canónico incluye anteojeras, bigotera con puntas en voluta, colmillos divergentes y lengua bífida; según la historiadora del arte Esther Pasztory, especialista en arte teotihuacano, una extensa constelación de símbolos orbita su figura: el jaguar, la serpiente, el búho, el quetzal, la mariposa, el lirio acuático, la araña y el símbolo del año, entre otros. Pero hay versiones que se apartan de esa norma: el hallazgo de un Tláloc negro —rarísimo en el registro mural— abre, para algunos especialistas, la posibilidad de que sea un antecedente directo de Tezcatlipoca, dios del inframundo y del norte en el panteón posterior de los mexicas. La hipótesis sigue siendo objeto de debate —como también lo es el caso del mural de Tlalocan ubicado en Tepantitla. 

Los murales también nos dan información sobre los vínculos de Teotihuacán con el mundo exterior. La ciudad no era una isla: era el nodo de una vasta red de intercambio que llegaba hasta las tierras mayas, el Valle de Oaxaca y Centroamérica. La arqueología ha documentado la existencia de barrios de residencia foránea dentro de la ciudad: el Barrio Oaxaqueño (Tlailotlacan), habitado por zapotecos, es el mejor estudiado. En la zona de la Plaza de las Columnas se han encontrado fragmentos de murales con glifos mayas y un estilo fluido y naturalista que, según los especialistas, probablemente fue realizada por artistas plenamente formados en la tradición de las Tierras Bajas mayas. El intercambio, según subrayan investigaciones, no era unidireccional: Teotihuacán exportaba su iconografía y su arquitectura de talud-tablero, pero importaba cacao, plumas de quetzal y jadeíta, así como ideas, estilos y prácticas rituales. Las paredes pintadas de la ciudad son también, en ese sentido, un registro involuntario de hasta dónde llegaban sus redes comerciales y culturales.

Lo que los fragmentos todavía dicen

A diferencia de la visión moderna, que suele separar lo sagrado de lo cotidiano, lo religioso de lo político o lo espiritual de lo material, para los teotihuacanos estas dimensiones formaban parte de una misma realidad. Eso es evidente en su pintura mural. Una base roja que remite a la sangre y al corazón humano, plasmada en las paredes de calles, casas y edificios públicos. Deidades del agua que son, al mismo tiempo, fuerzas del Estado. Un arte colectivo, sin firma, que habla en nombre de toda una civilización. Entre su gran universo policromático sigue presente una gran pregunta: ¿quiénes fueron realmente los teotihuacanos? Los murales, en sus fragmentos, siguen respondiendo.